¿Libertad de prensa?, no hay derecho.

Estudiante de periodismo de la Universidad de Antioquia
 Defendamos la Universidad!

“… Cuando grité una injusticia,
 la fuerza me hizo callar”.

Fragmento de la canción ‘Las Cuarenta’.
Francisco Gorrindo.

El 17 de diciembre de 1986 Guillermo Cano fue asesinado por la cruel y peligrosa mano del narcotráfico. El grupo autodenominado como ‘Los Extraditables’, quería apagar la voz que desde el periodismo se pronunciaba en contra del discurso pseudo-político de los delincuentes que defendían la “Soberanía Nacional” y consideraban ilegal e ilegitima la extradición a EE.UU.

Actualmente, México es el país donde ocurre la mayor cantidad de vulneraciones a la libertad de prensa. Todo, por culpa de los grandes grupos de narcotraficantes que tienen el poder detrás del telón de este país centroamericano.

En Colombia, la realidad no es distinta. El narcotráfico es el mayor enemigo de la libertad de prensa. Medellín, como lugar de tradición en esta realidad de mafias, es un centro de vulneraciones constantes a todo aquel que levante su voz en contra de los dineros calientes.

Lo que no dimensionaba lo suficiente, es que nuestra ‘Alma Mater’ no está exenta a este riesgo. Y más aún cuando todos conocemos que en la Universidad de Antioquia la presencia del narcotráfico es latente. El odio a la prensa por parte de los narcotraficantes también está aquí sembrado.

El hecho es conciso y diciente. A las 12:15 p.m. grababa para el noticiero De La Urbe Televisión del curso Taller de Medios III, junto a mi compañera, algunas imágenes de apoyo de la Universidad sobre una nota relacionada con la captura al interior subir.jpgde la Institución de un ladrón de maletas. Al individuo le tomaron una fotografía que rodó por varios correos electrónicos.

Después de hablar con el Vicerrector General, Martiniano Jaime Contreras, quien nos decía que existía una “obvia” relación entre la delincuencia y la venta y consumo de drogas al interior de la Universidad. Pero, concluía que la “situación estaba mejorando de acuerdo a las bitácoras de seguridad”.

Seguíamos grabando desde el estadio de la Universidad la zona de venta de drogas y dos hombres se acercaron alevosamente a mi compañera y a mí. Intenté salir de allí, pero era demasiado tarde. Uno de los individuos me agarraba del cuello, mientras el otro, al tiempo, me doblaba constantemente el brazo izquierdo y, a su vez, me exigía una incoherencia: que borrara las imágenes. ¿Con qué mano?
 
¡AUXILIO! Grité. Pero nadie llegó. ¿Dónde estaban las autoridades de seguridad de la Universidad? Por ninguna parte. Mi grito de auxilio se ahogó en el silencio cómplice de las personas que miraban la escena. Mi compañera gritaba horrorizada mientras me golpeaban y me seguían exigiendo que borrara las imágenes.

Nadie me ayudaba. Sólo mi compañera gritaba desesperada. Cuando alguien intentó ayudarme, un individuo sacó una Táser o arma de electrochoque. La Táser apuntaba mientras el energúmeno individuo que la sostenía, seguramente drogado, decía: “¿Quién lo piensa defender?”.

Un grupo de trabajadores de la Universidad se acercó justo en el momento en que me sentía más humillado. Había sido golpeado, tirado al piso, insultado, agredido físicamente, mi camiseta estaba rota.

Un individuo se me acercó y me dijo que “eso está muy caliente, usted sabe… a ellos les da miedo”. “¿Y es que a mí no?”, respondí.

Finalmente, se llevaron el cassette.

Antes de irme del lugar de la agresión uno de los atacantes me tomó fotografías. ¡Qué ironía! Terminé como aquel individuo sobre el que estábamos haciendo la noticia. El, mientras robaba, y yo, mientras trabajaba.

Lo que venga después de esto que pasó… quién lo sabe. De lo que sí estoy seguro es que los carteles detrás de los negocios del aeropuerto ya saben de mi existencia y de la de mi amiga.

Quisiera terminar estas líneas desorganizadas, que escribo mientras siento dolor en el brazo y en mi rostro, con mí camiseta ajada y mis tenis sucios, pero más que todo con rabia e indignación por lo que ocurre en la “Academia”, con estos mensajes:

A los agresores, que se llevaron el cassette y que se sentían intimidados por unas imágenes de apoyo, ahí lo tienen. Felicitaciones. Con el cassette se llevaron mi libertad de locomoción, de expresión y el derecho a la información. Además, me agredieron física y verbalmente. Y, como si faltara poco, me amenazan con armas…

A las directivas, también felicitaciones. Estamos mejorando. Claro, señor Vicerrector, claro. Lo recuerdo diciendo con cierto desdén una frase inconclusa: “es que ustedes los periodistas…”. Debe ser usted uno de los que piensa como Theodore Roosevelt que “los periodistas imitaban al rastrillador de estiércol que rehúsa ver todo lo elevado en la vida y centra su atención en todo lo que es vil y degradante”.

Y al lector, que saque sus propias conclusiones.

Que nadie llegara a socorrerme; que nadie del Departamento de Seguridad de la Universidad se hiciera presente en esta zona de peligro de la universidad; que la Universidad sea utilizada para esto; que la Universidad Pública tenga sitios vedados para la Comunidad Universitaria… ¡Qué vergüenza, qué indignación!

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